Fragmento:

-¡Vete a la chingada, pendejo! -vociferó en español-. ¡Cómo te atreves a sentarte en nuestra mesa! ¡Mi sobrina no
es ninguna pinche puta!
Su actitud emanaba tal fuerza y el tono de su voz era tan ofensivo que se paralizó toda actividad en el lugar.
Todos los ojos se clavaron en nuestra mesa. El hombre se encogió de manera tan lastimosa que sentí pena por
él. Se escurrió de la silla y salió del restaurante casi reptando.
-Sé que has sido entrenada para dejar que los hombres te saquen ventaja por el simple hecho de ser hombrestaisha abelar
-comentó Clara una vez que se había vuelto a sentar-. Siempre has tratado con amabilidad a los hombres y te han
chupado todo lo que tienes. ¡¿No sabías que los hombres se alimentan de la energía de las mujeres?!
Sentía demasiada vergüenza para discutir con ella. Percibía todas las miradas en el lugar fijas sobre mí.
-Dejas que te mangoneen porque les tienes lástima -pro siguió Clara-. En lo más recóndito de tu corazón ansías cuidar a un hombre, a cualquier hombre. Si ese idiota hubiera sido mujer, tú misma no hubieras permitido nunca que se sentara a nuestra mesa.

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